¿La IA roba el arte?
Actualmente existe un debate, o más bien una fuerte controversia, sobre si la Inteligencia Artificial generativa está robando el trabajo de los artistas. Además, a un nivel más generalizado de lo que cabía esperar, se escucha el clamor de los artistas que sienten que, si incorporan la inteligencia artificial a su pipeline, existe un detrimento del esfuerzo realizado y, por ende, del valor de las piezas. Sin embargo, esta reflexión se enfoca en el primer punto. En el concepto de autoría y propiedad.
La IA generativa, cierto es, se nutre de la imageniería existente en internet y de aquella que se va aportando progresivamente. En base a esta amalgama de información, genera nuevas posibilidades que han sido configuradas a través del "estudio" de dichas ideas preexistentes.
Por otro lado, cuando nosotros creamos un moodboard (panel de referencias), pongamos como ejemplo para Midjourney, le estamos dando información mucho más precisa sobre el estilo a través del cual queremos que itere. Y es por esta nutrición de imágenes y sus iteraciones que se considera que la IA roba (utiliza) el arte ajeno. Ahora es cuando el debate se pone interesante.
Cuando los artistas queremos crear una pieza (un personaje, environment, ilustración...), dentro de un pipeline controlado, creamos un moodboard. En dicho moodboard o panel de referencias introducimos aquellas piezas artístcas o referencias que nos sirven de inspiración para construir los estilos, la anatomía, el estilo de delineado, de render, la pose, etc.
Realizando una suerte de cóctel de estas referencias, surge el resultado de nuestra pieza.
Aunque cueste reconocerlo, la IA realiza la misma operación. La diferencia es que sus propuestas se completan en cuestión de segundos en lugar de horas. Por supuesto, el control sobre qué elementos mezclar podemos indicarlo nosotros en los prompts u observar dentro de las posibilidades que la IA ofrece qué bocetos se acercan a la idea que llevábamos en mente. Este punto es crucial. El artista profesional debe de apoyarse en un buen briefing o proyecto inicial para tener un control casi absoluto sobre el resultado estético y simbólico de la pieza.
De lo contrario, delega su responsabilidad y sus habilidades técnicas en la herramienta.
Para comprender mejor este punto nos remontaremos a la revolución industrial y avanzaremos hasta las herramientas de trabajo artístico digital.
Los antiguos modistas y diseñadores de ropa debían tener un absoluto control y conocimiento del patronaje y las diferentes técnicas de costura puesto que las prendas se realizaban a mano. Con la llegada de la revolución industrial, las máquinas podían realizar, y realizan, estos trabajos de manera que el artista podía delegar estas mecánicas tareas para centrarse en la creación del diseño. Por supuesto, se entiende que es crucial poseer los conocimientos de dichas técnicas delegadas para poder corregir, detectar fallos y para crear piezas únicas en un momento dado. Pero esto no resta valor a la producción de la máquina. La tecnología puede y debe apoyar al humano para expandir sus posibilidades creativas.
Antiguamente, para conservar los alimentos, se precisaba del uso de grandes bloques de hielo que mantuviesen los productos fríos. Actualmente disponemos de neveras y congeladores que, gracias a Dios, nos permiten conservar los alimentos cómodamente.
La aparición de herramientas de dibujo digital como Photoshop aportan al artista la posibilidad de borrar y corregir de manera casi infinita, cosa imposible en un material físico que tiene una resistencia determinada a la goma de borrar. También permite corregir el color a placer sin las limitaciones plásticas de los materiales como el óleo, la acuarela o el lápiz. No es reemplazo, es avance, es ciencia, es progreso.
Lo mismo ocurre con la herramienta pincel corrector puntual o licuar. ¿Están reemplazando al artista?
Platón, el físico Jean Pierre Garnier Malette y el neurofisiólogo Jacobo Grienberg entre otros, nos plantean en sus teorías que la realidad contiene todas las posibilidades potenciales en un plano existente (por ejemplo, la Laticce). De manera que el humano simplemente actualiza los potenciales y los manifiesta. ¿Estamos pues creando algo que es "nuestro"? Según estos postulados, realmente estamos actualizando una potencia que ya preexiste.
El ser humano tampoco comprende bien el significado del "yo", atribuyéndose la propiedad y autoría de la potencia actualizada. Roberto Assagioli, Carl Jung o sistemas ontológicos como el taoísmo y la cábala nos explican claramente la confusión del "yo" con la personalidad. La personalidad es un conjunto de estructuras psicodinámicas y aprendizajes que responden de manera reactiva a los estímulos externos. El yo individuado se posiciona como observador de dichos contenidos pero comprende que no son el yo. Y ese mismo "yo observador" del que hablamos, es una proyección holográfica menor de lo que podríamos llamar targabarata, yo superior o ipseidad, aunque la cosa no termina ahí.
Recogiendo todas las piezas del planteado puzle, cabe pensar y reflexionar sobre varios puntos:
El miedo que tiene el ser humano a la ruptura de las antiguas estructuras, a salir de la zona de confort y a apostar por el desarrollo positivo.
La hipocresía que se despliega en la concepción de la propiedad o autoridad sobre lo creado. Todo ello fomentado por el individualismo y materialismo.
La gran pregunta: ¿Qué es el yo?
Como vemos, si la IA roba o nos aporta artísticamente es una cuestión mucho más profunda que merece observarse de manera analítica e integral. Es preciso profundizar más allá de las primeras capas y, con mente holística (integradora), desplegar las posibles respuestas.
Guadalupe Pinos Cañadilla
27/10/2026



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